El diseño del espacio de aprendizaje y su relación con la manera en la que los alumnos construyen su conocimiento tiene una importancia vital. Es ahí donde la arquitectura juega un papel preponderante que obliga a repensar permanentemente la manera en la que deben edificarse los colegios para satisfacer las necesidades de los estudiantes en cada época y de acuerdo a cada contexto.

Pero también entran en juego otros factores en la transformación de las construcciones escolares como la evolución de los métodos docentes y los avances en los programas educativos, entre otros.

La arquitecta Cecilia Raffa, del Instituto de Ciencias Humanas, Sociales y Ambientales del CONICET, investigó cómo fue evolucionando la arquitectura de los colegios en Mendoza en el siglo XX, en especial durante las primeras décadas.

Arquitectura para la alfabetización

En Mendoza se llevó adelante una intensa obra edilicia escolar. Se construyeron grandes edificios en zonas de población extensa y escuelas rurales en buena parte del territorio provincial.

Para las zonas centrales y algunos distritos con alto índice de población o que podían absorber población escolar de parajes cercanos, se utilizaron prototipos de gran escala, o sea el mismo edificio emplazado en distintas ubicaciones.

En zonas suburbanas y rurales, se concretaron cuatro tipos de edificios escolares adoptando lenguaje neocolonial o racionalista, pero imprimiendo a través de su uso, la imagen real de la presencia del Estado provincial en áreas alejadas a la capital.

Durante la gobernación de Ricardo Videla se avanzó en el proyecto/construcción de los siguientes establecimientos: la escuela Justo J. de Urquiza, con capacidad para 1.000 alumnos (el proyecto se aprobó en febrero de 1935) y de Artes y Oficios (luego Industrial Emilio Civit), ambas en el departamento de Maipú.

También la escuela de Artes y Oficios de Villa Atuel, en San Rafael (proyecto), la escuela 25 de mayo de 5 aulas y con capacidad para 400 alumnos, en el mismo departamento (inaugurada en 1937 y demolida en el año 2000).

En el mismo sentido, se avanzó con una serie de escuelas rurales con capacidad para 80 alumnos cada una: Procesa Sarmiento en Coquimbito, Maipú; Pedro Rodríguez en El Carrizal, Luján De Cuyo (proyecto); Francisco Arias en La Pega, Guaymallén; Javier Rodríguez en El Borbollón, Las Heras (proyecto); Adolfo Calle en Nueva California, San Martín; Simón Chávez en El Vergel, Lavalle y Presidente Derqui en Costa de Araujo, Lavalle.

En el transcurso de las gobernaciones de Cano y Corominas Segura, se profundizó el manejo económico de recursos: en los proyectos para emplazamientos rurales, se hizo evidente la estandarización de la carpintería y la utilización de materiales y técnicas locales como los techos de barro, caña y zinc y los tirantes de pinotea, independientemente del lenguaje formal utilizado.

Unidades funcionales

Los tipos se definieron por la adición de unidades funcionales relacionadas al número estimado de alumnos de la siguiente manera: el tipo A constaba de dos aulas, dirección y casa de familia; el B de cuatro aulas, dirección y casa de familia; el C de seis aulas, salón de actos, dirección y casa de familia y el D de siete aulas, salón de actos, dirección y casa de familia.

Las escuelas tipo A se construyeron en los distritos rurales de El Pastal (Las Heras), Chacritas (La Paz), Puerta de la Isla (La Paz), Lagunas del Rosario, San Miguel y San José (Lavalle).

Las escuelas tipo B se ubicaron en la Villa de Tupungato, La Dormida (Santa Rosa), Corralitos (Guaymallén) y La Libertad (Rivadavia).

Se construyó una escuela tipo C en Villa Nueva (Guaymallén) y una tipo D en la Villa de Junín, entre otras.

Un enfoque arquitectónico racionalista

Es interesante señalar que en el caso de los edificios de gran escala como los realizados para las escuelas Justo José de Urquiza (1936), en Maipú y Videla Correas (1938-1941), en el centro de la ciudad de Mendoza, el mismo proyecto arquitectónico fue repetido por tres gestiones: la de Videla (cuando se proyectó), Cano (cuando se construyó el primer prototipo) y la de Corominas Segura (cuando se replicó).

Un camino similar recorrió el proyecto de las escuelas para el distrito de Palmira, en San Martín (1938) y la denominada Guillermo Cano, en San José, en Guaymallén (1939), con un mismo conjunto de planos para ambas construcciones.

Estos establecimientos se resolvieron dentro de los principios funcionales de la arquitectura moderna, en un lenguaje y composición racionalistas, con elementos de la arquitectura náutica.

El lenguaje racionalista está presente en la volumetría, el tratamiento de planos y fachadas, el uso del “glass bêton” y los aleros en voladizo. El estilo náutico se verifica en el diseño de las carpinterías metálicas, el uso del caño tubular, los ojos de buey y en sus orígenes en los colores con que se pintaban estos edificios: blanco tiza o gris claro para los muros y planos y colores muy vibrantes para la carpintería y el borde de los aleros: azul o naranja eran los más usuales (tal como se pintaba en los barcos).

En todos estos proyectos se puso énfasis en la iluminación, las circulaciones y en generosas superficies destinadas al esparcimiento.

Las plantas se complejizaron por el uso de nuevas unidades funcionales como los consultorios médicos o salas de curación explicitando el vínculo entre educación y salubridad.

Los colegios modelo

Las escuelas Urquiza y Videla Correas inauguraron edificios ubicados en esquina, con planta en “L” quebrada, cuadrando un patio de recreo e iluminación.

El cuerpo central, retrocedido, creó un atrio que enriquecía las visuales y la percepción del espacio exterior y volumetría. El lenguaje formal y expresivo se destacó por los aventanamientos horizontales en ambos brazos laterales, elementos verticales en la fachada principal y en los volúmenes salientes de ambas escaleras, carpinterías metálicas y vidrio que complementaban el repertorio de este tipo de obras.

Un escultórico mástil con un basamento de formas puras netamente racionalista sigue actuando como pivote en la composición del conjunto.

La particularidad de estos edificios fue que incorporaron un sector independiente donde se agrupaban todas las actividades vinculadas al deporte y el cuidado de la salud: vestuarios, con ducha y toilettes para ambos sexos, consultorio médico y dental, depósito de material de juego y un local de calefacción y agua caliente central independiente del edificio principal, para poder ser utilizado cuando la escuela no estuviera en funcionamiento.

Por su parte, el prototipo utilizado en los departamentos de San Martín y Guaymallén, se pensó de planta compacta, con un importante desarrollo longitudinal sobre la línea municipal, hacia donde darían las circulaciones (ventanas altas y horizontales) que vincularon las hileras de aulas que iluminaban hacia el patio principal.

El acceso se propuso a través de dos puertas idénticas divididas por un volumen que contenía el área directiva. En planta alta, centrado en la fachada principal se desarrolló un volumen que correspondía a un salón de usos múltiples con grandes ventanales hacia el frente, un balcón corrido que, al avanzar sobre la línea municipal, hace de protección del ingreso en planta baja.

En uno de los extremos del edificio se encontraba la vivienda del director integrada espacialmente al colegio, pero con ingreso independiente y autonomía funcional.

Estos primeros edificios escolares son actualmente un patrimonio arquitectónico y cultural por su valor testimonial, monumental y por lo que representan para la sociedad en su conjunto.

Fuente: Construir Mendoza. Obras y políticas públicas en el territorio (1932/1943) de Cecilia Raffa.