Un renovado maridaje entre arte y vino comenzó a repoblar las góndolas de etiquetas con sello de autor. Ilustraciones, acuarelas, grabados, diseños digitales y distintas variaciones del collage toman protagonismo en el delicado recorte que presenta la legendaria bebida. Con referencias a los viñedos y paisajes donde se cultivan las vides, a la fauna autóctona y a los ciclos naturales, a las fiestas y faenas de la vendimia, a desiertos marinos y sirenas en parajes donde hoy crece la uva, estas creaciones disruptivas y minimalistas hacen su despliegue gráfico, atraen y muchas veces sorprenden.

La tendencia vino de la mano de los cambios en los perfiles de los consumidores, con nuevos públicos jóvenes que invitan a renovar estéticas. Así, la etiqueta narra el producto desde nuevos abordajes en esa impresión de papel que no suele superar los 12×10 centímetros (aunque las hay más estilizadas, apaisadas y hasta ovaladas) y amplía su mensaje más allá de lo técnico o propio del producto.

Desde un diseño inspirado en una obra de Julio Le Parc para una de las bodegas más grandes de la región al trabajo de numerosos creadores de diferentes lugares del país -varios oriundos de la tierra del vino, Mendoza-, las etiquetas se abren como pequeñas ventanas y espacios de exposición en cada botella. Algunos vinicultores abocados a la producción orgánica se arriesgan y otorgan total protagonismo a la obra de arte. Así, el tiempo que se detiene cuando el ojo busca un vino en la góndola es, también, un momento para deleitarse.

Marina Di Campello, Maite Ortiz e Inés Fraschina son las últimas artistas convocadas por la bodega de Ernesto Catena -“el poeta del vino”, define a su propio estilo vitivinícola como “el camino del artista”- para ilustrar sus etiquetas. Con este espíritu, la casa, fundada en el año 2000 y situada en Vista Flores, Mendoza, se mueve bajo el concepto de Wine is art!

“La creatividad artística es el alma de nuestra bodega. Nace de nuestra vida cotidiana. Todo vino tiene una historia detrás, y otra por delante. Los diseños de etiquetas, envases, tapones, cápsulas y cajas son una oportunidad para expresar aquello que sentimos a través del mundo del vino y de la vida”, señala Catena, admirador de las tradiciones locales y del arte precolombino.

“Trabajamos con artistas amigos cuya filosofía y estilo nos interesan. Les compartimos la ideología de la bodega y la personalidad del vino que vamos a etiquetar,m y comienza un ida y vuelta de ideas e imágenes. Muchas veces la etiqueta no se termina hasta la hora de mandar a imprenta. Son situaciones tragicómicas quizás parecidas a cuando un artista monta una muestra”, señala el productor, que regenta las bodegas Tikal, Siesta, Domaine Almanegra, Mara de Uco y L’Orange.

Marina Di Campello empezó a trasladar sus creaciones a etiquetas de vinos en 2016. “No imaginé en ese momento la magnitud del trabajo que se me estaba ofreciendo ni las puertas que abriría. Después de hacer mi primera etiqueta para la línea de Animal Organic, me invitaron a Mendoza dos meses a Chacras de Coria con el equipo de Animal House para aprender el proceso del vino y participar de la vendimia. Todas las etiquetas de obras hechas a mano están basadas en ideas de Ernesto”, cuenta la autora desde Nueva York. Su primer trabajo para Fammi L’amore, en monocopia, son tres mujeres “expertas en el arte de la seducción”. También creó la imagen de los vinos Be my hippie love, una acuarela que baila al ritmo de una flauta y un bandoneón, pisoteando las uvas como antes de la existencia de la prensa. Someleame, un vino de caja, lleva sus dibujos en lápiz negro de figuras sirviendo, catando y jugando con el vino. También diseñó la etiqueta del Tatú, de L’ Orange, un esgrafiado con collage de papel negro y rojo en el que tres personas trabajan sobre un ánfora.

Inés Fraschina creó etiquetas para Animal Organic con ilustraciones y técnica digital inspirándose en paisajes y animales del país. “Una remite al sur de la Argentina y muestra a un oso ucumar observando a una pareja de pájaros carpinteros enamorados. En otro caso me inspiré en Misiones, donde un yaguareté acecha a unos monos capuchinos que están jugando sobre los árboles. Casi todos estos animales están en vías de extinción, por eso nos parecía importante visualizarlos y contarlo en el dorso de la etiqueta”, señala. Para ella este proyecto fue como un sueño: “El vino es un objeto de deseo, la gente ama tomarlo y las etiquetas cada vez son más lindas. Una de mis preferidas siempre fue la de Animal, porque la ilustración es del gran Henri Rousseau, así que para mí era una gran responsabilidad hacer una edición limitada de ese vino especial”.

Maite Ortiz dio vida a acuarelas, con fondos e ilustraciones que luego escaneó para integrar y diseñar la gráfica impresa de botellas de Mara de Uco, Maremmano y Ommagio. “Me inspiro en la naturaleza, los animales y los ciclos naturales. En Omaggio trabajé a partir de fotos y referencias de la finca en Mendoza. Para Maremmano me basé en imágenes de los perros que están en las fincas, y para la etiqueta de Mara de Uco ilustré este hermoso animal, la mara de la Patagonia, corriendo, saltando o en distintas poses”, relata. La artista, que vive en Alemania, apunta que el trabajo con la bodega es lúdico y lleno de referencias e intercambios. “Las etiquetas de los vinos suelen comentarse, leerse en una sobremesa, y me imagino al vino ahí, siendo compartido. Me parece hermoso saber que mis dibujos están en esos momentos de comunión”, expresa.

Estampas irrepetibles y enormes rocas en el Valle de Uco

Paraje Altamira, en el Valle de Uco, Mendoza, y su particular suelo con enormes rocas calcáreas, fue recreado en grafito sobre papel, en base a retratos fotográficos, por la artista Mariana Sissia para los diseños de Finca Suárez.

“Las etiquetas hablan del lugar de un modo literal y muy preciso. Este también es el enfoque de los vinos: tratar de capturar el terruño de su manera más pura y sin intervención. En este caso saqué fotos de distintos lugares y Mariana las pasó a dibujo. Solo lápiz y papel, la misma nobleza y precisión que buscamos con los vinos”, señala Juanfa Suárez, creador de las marcas Finca Suárez y Rocamadre.

“Juanfa tenía fotos bellísimas de estas rocas y yo venía realizando dibujos de paisajes áridos y deshabitados desde hace varios años, y eso mismo presentaban las fotos, razón por la que en parte acepté el trabajo. El proyecto se adecuaba a lo que me inspira, como el paisaje rocoso, y a mis intereses: es un vino que no es masivo y la propuesta de una bodega familiar que hace un producto cuidado, orgánico”, considera la artista.

En el caso de Rocamadre, los vinos tienen la particularidad de llevar etiquetas frontales íntegramente destinadas a una pieza artística, también referentes al paisaje de la zona. Fábrica de Estampas, proyecto creativo impulsado por Victoria Volpini y Delfina Estrada, se encarga de estas piezas artísticas, que “también hablan del lugar pero de una manera más poética, con un fuerte componente artesanal y personal”, indica Delfina.

Son estampas en monocopia con distintos materiales: papeles, maderas, telas y otros elementos pintados que dan forma al diseño con plantillas, a modo de collage, y que luego se entintan y pasan por la prensa calcográfica, máquina que, con presión, transfiere las texturas de la matriz al papel. El resultado se fotografía y se replica. “Esto tiene mucho que ver con el proceso del vino, que deriva en algo irrepetible. No hay manera de hacer una estampa igual a otra: vino y arte se sienten así un poco más personales”, resalta.

Los elementos que inspiran a la dupla creativa son los que conforman el escenario natural de Paraje Altamira: cielos, rocas, colores. “Un grabado en una botella es potente porque ambos están hechos para circular y compartir la memoria. Nos gusta que no sea una imagen estática en una pared y que la experiencia no sea solo contemplativa, sino que pueda estar en los bolsos, en las mesas, en las estanterías, que una gota de vino la manche, que se agarre de mano en mano”, expresan.

Visor de etiqueta: para mirarla mejor

El artista plástico y videasta Federico Lamas ha trasladado a los vinos de Traslapiedra la novedosa técnica que utilizó en su proyecto Visión Infernal: a través de un visor rojo, se revelan ilustraciones ocultas. Así, cada etiqueta esconde una segunda etiqueta que aparece al mirarla con el filtro que trae cada botella.

La bodega incorpora a sus diseños un contenido poético, asimismo, inspirado en el paisaje donde se encuentra su finca, antiguamente estuvo cubierto por el mar y que hoy es una zona desértica. Por eso dicen que su vino proviene de un desierto marino. “Ese oxímoron encendió la chispa del imaginario de las etiquetas, en las cuales se puede ver a un marinero que se enamora de una sirena o un barco encallado en la punta de una montaña”, cuentan.

Lamas dice que el proyecto de Traslapiedra “matcheaba perfecto” con la forma en que él resuelve el humor y la ironía en sus obras. “Ellos querían revelar una narrativa oculta en la naturaleza del vino mismo, que eran las propiedades del suelo que tienen anclaje en un mar que existió hace millones de años en esas tierras y que definen bastante las cualidades de Paraje Altamira”, apunta. En ese contexto, surgió el concepto del “vino de desierto marino”, con el personaje de “un marinero que vive con frustración anacrónica el vaciamiento del mar en la cordillera. Lamas dice que siempre le dio importancia al alcance popular que pueda tener una obra, por eso valora el soporte de un vino como forma para entablar nuevos diálogos. “Hay gente que termina comprando obra en mi estudio por los vinos de Traslapiedra”, señala.

Rutini Wines presentó años atrás una etiqueta para su segmento ultra premium de un tinto color rojo intenso y matices azules que lleva el nombre Antología Julio Le Parc. La exclusiva partida, edición limitada a 2.000 botellas, contiene un vino del enólogo Mariano Di Paola ideado para homenajear al prestigioso artista, que asimismo toma como inspiración la obra Desplazamiento que Le Parc creó en 1965. La botella y el estuche fueron diseñados por el estudio Zemma-Ruiz Moreno con la dirección artística de Yamil Le Parc, hijo del artista, y el producto recibió en 2017 el Premio Pentaward de Plata, en Barcelona.

“Este vino singular comparte la esencia de dos notables creadores mendocinos (Le Parc y Di Paola), nacidos al pie de la Cordillera, y quienes -a través de su arte- supieron darle forma y vida a este producto que anhela ser una expresión única del terruño del que provienen”, señala la bodega.

Por otra parte, en Bodega La Rural, la tradicional línea San Felipe Caramañolas llevó en sus inicios una etiqueta con diseños de 1925 del reconocido ilustrador Alejandro Sirio, cuyos dibujos originales para este trabajo llegaron a formar parte de una exposición en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Dentro de un proyecto de renovación de la imagen, la marca convocó al ilustrador y diseñador gráfico Panco Sassano para aggiornar la etiqueta. “Por un lado, remite al pasado de la marca y al origen de la botella. En su momento, el producto la rompió por la creatividad del empaque, llamó mucho la atención. Con mi intervención, conmemoré el trabajo de Alejandro Sirio justamente volviendo a los orígenes y generé un sistema de identidad visual con un lenguaje gráfico más amplio, capaz de adaptarse a nuevos canales, como las redes sociales”, explica el artista.

Miguel Oveja, Leonardo Olivera y Diego Ballester son los autores de las etiquetas de Bodega Maal Wines, regida por Matías Fraga, viticultor que se muestra convencido de que las etiquetas “definitivamente son una forma de arte” y cuyos productos llevan nombres muy particulares. Sobre esto, profundiza: “Por un lado, buscamos expresar de una manera figurativa algo que pensamos, sentimos o queremos decir y, al mismo tiempo, despertar reacciones. Las etiquetas son una especie de resumen visual de lo que queremos decir con cada vino , por eso elegimos a los artistas de una forma muy personal”.

Sobre el proceso creativo, Fraga señala: “Nos gusta que el nombre sea una única palabra suficientemente fuerte como para generar una reacción. A partir de ahí, buscamos una imagen que explique ese nombre. Por ejemplo, en nuestra finca Las Compuertas producimos un malbec orgánico en el que el control natural de las hormigas es el principal desafío. Del manejo “bio” que hacemos en el viñedo y de la “violencia” de la hormiga que arrasa con todo a su paso surgió el nombre Biolento y en la etiqueta la imagen de la hormiga como símbolo de ese vino”.

El artista mendocino Diego Ballester es el autor de las etiquetas de gran parte de las del portfolio de Maal Wines, “todas con estilo minimalista, donde la imagen y el mensaje son muy fuertes”, señala. “Siempre es una satisfacción que una botella lleve un diseño propio, pero con estas etiquetas fue algo especial, porque las hicimos en un momento que no era común ver este tipo de diseños tan limpios e icónicos. Llamaron la atención de la industria y de los consumidores, marcaron un antes y un después, con un estilo que con el tiempo se empezó a ver bastante”, reflexiona.

Los vinos de la marca incluyen otros nombres como Imposible (fue la primera etiqueta que diseñaron y está inspirada en una palabra que escucharon demasiadas veces al decidir iniciar una bodega propia), NN (nacido de la mezcla entre un vino rosado y un tinto del año, que no es ni una cosa ni la otra) y Rebelión (vino que no tiene suelo al que aferrarse ya que combina uvas de tres viñedos diferentes).

El licenciado en Artes Plásticas Leonardo Olivera, con larga experiencia en la ilustración de etiquetas, es el autor de la correspondiente al malbec Paciencia, una virtud que la bodega considera esencial en la búsqueda del vino definitivo. Suele realizar varios bocetos y a veces incorpora terminaciones de grabado antiguo, acuarela, xilografía o carbonilla a su obra. “La satisfacción de ver mi trabajo en una etiqueta es inmensa y gracias a que ahora en los diseños de las etiquetas se les da mucha importancia a las ilustraciones la motivación es cada vez mayor”, manifiesta.

Finca Las Moras (Valle de Pedernal, San Juan) toma a la vanguardia estética surgida a principio del siglo XX para su línea Dadá Incrediblends. Este movimiento, según apunta la bodega, “se caracterizaba por un desafío a lo establecido y se manifestaba a través de composiciones descontracturadas, frases burlescas y hasta desafiantes de los principios clásicos que definían lo correcto y lo incorrecto allá por el 1900”.

Bebiendo de estos conceptos, la marca se identifica “con ese lado rupturista y contestatario”. Los diseñadores del estudio Pierini Partners se encargan de llevar a la imagen estos supuestos. “Dada tiene un gran anclaje al arte y ahora Incrediblends lleva mucho más al frente esta impronta porque tiene ilustración en su etiqueta, pero las distintas representaciones buscan convertirse en símbolos de la expresión creativa del hombre”, señalan. “Es un gran desafío, porque no se trata de lograr un arte bonito y nada más sino de generar una imagen que comunique o simbolice la sustancia del producto, su mística”.

Mosquita Muerta Wines, por su parte, piensa sus etiquetas de manera conjunta con el estudio Boldrini & Ficcardi y se inspiran en dichos populares, chistes, amores, éxitos, fracasos, telenovelas. “Podríamos decir que nuestras etiquetas son un destilado de la realidad que nos atraviesa”, apuntan.

Así, mientras las bodegas ponen el foco en el arte como elemento de comunicación visual, algunos consumidores aprecian la presencia las obras en la botella. Enrique Aller Atucha es uno de ellos. “El año pasado, con mi pareja empezamos a animarnos a comprar vinos por las etiquetas que nos gustaban. Hay todo un arte en la etiqueta. Es divertido, es lindo y hay algunas increíbles, que llaman mucho la atención y aportan valor. Yo me considero un etiquetero”, dice. Fuente: La Nación