El mundo en general y la industria del vino en particular enfrentan un enorme desafío: el impacto del cambio climático.

En el caso de la provincia de Mendoza, en un contexto en el que la industria busca nuevos terroirs que garanticen temperaturas en promedio más bajas y una buena amplitud térmica, para asegurar una saludable madurez polifenólica, pero cuidando la frescura, hace unos años se logró la mayor conquista: bodega Estancia Uspallata, comandada enológicamente por Alejandro Sejanovich, alcanzó los 2.000 metros sobre el nivel del mar, la mayor altitud de Mendoza y de la zona de Cuyo.

Ahora, bodega Huentala Wines, está dando un paso clave en la conquista de la altura, con una nueva finca, que recién se está cultivando y que se emplaza a unos 1.800 metros sobre el nivel del mar. Se trata, en los papales, del primer viñedo de la localidad de El Salto, en el distrito de Potrerillos (Luján de Cuyo), bien pegado a la cordillera.

Para tener una referencia, Agrelo, una de las zonas más reconocidas de Luján de Cuyo, promedia los 1.000 metros.

Allí, comenzaron a plantar Malbec, Chardonnay, Sauvignon Blanc y tienen previsto plantar Pinot Noir este 2021. La idea es comenzar en breve a realizar las primeras microvinificaciones.

Hacia fines del año pasado, en tanto, bodega Terrazas de los Andes presentó en sociedad un Malbec de su línea Parcel, elaborado a partir la finca en producción más elevada de todo el Valle de Uco, más precisamente en Gualtallary, a 1.650 metros sobre el nivel del mar.

Al referirse a los desafíos vinculados con los terroirs de altura, Gonzalo Carrasco, enólogo de la bodega, explica que “al momento de decidir explorar o implantar un nuevo viñedo, algo que se tiene en cuenta es la disponibilidad de agua del lugar, ya sea de superficie o por bombeo de agua en profundidad. Y lo otro muy importante a tener en cuenta es el clima: básicamente considerando lo que son las heladas tempranas y tardías, y si es un lugar que tenga demasiada incidencia de accidentes climáticos, como puede ser el granizo, el cual afectaría directamente en la producción del viñedo”.

“A medida que vamos incrementando la altura y nos acercamos a la montaña, el clima se vuelve más extremo y necesariamente el abanico de variedades posibles a plantar se va achicando cada vez más. Tenemos la fortuna de que el Malbec es muy adaptable y nos permite seguir explorando alturas, incluso cuando estas son extremas y el clima es complicado y exigente”, explica.

¿Y qué importancia le atribuyen, desde la bodega, a pensar la vitivinicultura a largo plazo y tomar a la altura como aliada frente al cambio climático? Frente a esta pregunta, Carrasco no duda: “La viticultura y el negocio del vino es de largo plazo, con lo cual todas las decisiones que se toman en la bodega y en el viñedo son a largo plazo”.