Por Rafael Kemelmajer. Economista. Cofundador de R.I.T.A. (Regional Impact Trade Alliance)
La nueva geografía del valor
Durante el siglo XX, los acuerdos comerciales se pensaron entre países. En el siglo XXI, la competencia real ocurre entre regiones. El acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur acelera esta transición y deja una conclusión clara: no triunfarán países ni commodities, sino territorios capaces de operar como unidades productivas integradas.
En un mundo que exige trazabilidad, previsibilidad regulatoria y resiliencia logística, el tratado funciona menos como un recorte arancelario y más como una infraestructura económica compartida. Su verdadero impacto no se medirá por quién exporta más, sino por qué regiones logran ofrecer escala con bajo riesgo.
Hablamos de un espacio económico que reúne a más de 700 millones de personas, cerca de una cuarta parte del PBI mundial y algunas de las mayores reservas de agua, energía, biodiversidad productiva y minerales críticos del planeta. La ventaja no está solo en el tamaño del mercado, sino en la compatibilidad operativa entre territorios.
Qué entendemos por impacto sistémico
Por impacto sistémico entendemos la capacidad de una región para convertir la actividad económica en un mecanismo de ordenamiento territorial: regenerar la base de recursos naturales que sostiene la producción, reducir los conflictos sociales que encarecen el desarrollo y consolidar una identidad productiva reconocible y valorada en los mercados globales.
No es un resultado espontáneo. Surge de integrar logística, energía, innovación y gobernanza en un mismo ecosistema operativo, donde cada inversión se evalúa por su contribución a la estabilidad y competitividad del conjunto.
Ventaja competitiva sostenible en lugar de ventaja comparativa simple
La ventaja comparativa clásica —recursos baratos y mano de obra abundante— ha caducado. El acuerdo UE–Mercosur, alineado con los estándares regulatorios europeos, opera en los hechos como un protocolo de confianza. El acceso preferencial ya no se define solo por precio, sino por la capacidad de demostrar origen verificable, cumplimiento normativo y previsibilidad de largo plazo.
En este contexto, el principal diferencial competitivo no es el costo de producción, sino el costo del riesgo. Fricciones logísticas, conflictos territoriales, incumplimientos regulatorios y falta de trazabilidad pueden representar entre 10% y 25% del valor final de una exportación. Las regiones que integran estos factores reducen ese sobrecosto y transforman previsibilidad en ventaja económica.
La anatomía de una región competitiva
Una región ganadora no es la que más produce, sino la que mejor organiza su territorio a través de la producción. Tres ejes lo explican:
La salud del suelo, el agua y los ecosistemas deja de ser un costo de cumplimiento y se convierte en el principal determinante de productividad y acceso a mercado. Las regiones que demuestran manejo eficiente y regenerativo de sus recursos reducen volatilidad y mejoran su perfil de riesgo.
Los conflictos por tierra, agua o distribución de beneficios son uno de los mayores costos ocultos del desarrollo. Las regiones que institucionalizan mecanismos de coordinación público-privada-comunitaria convierten estabilidad social en un diferencial para atraer inversión.
Las geografías dejan de ser solo localización y pasan a funcionar como sellos de origen. No se exporta únicamente un bien, sino un sistema productivo reconocible, capaz de escapar de la comoditización y capturar valor adicional.
Regiones que ya están escribiendo el manual
El futuro no está distribuido de manera uniforme. Algunos corredores productivos ya operan bajo esta lógica:
Regiones como Mendoza muestran cómo una unidad productiva organizada puede transformar recursos naturales en ventaja global. La combinación de denominación de origen, manejo estratégico del recurso hídrico, prácticas orgánicas, biodinámicas y regenerativas, y trazabilidad total permite capturar valor premium y acceso preferencial a mercados europeos. No se exporta solo vino: se exporta un sistema productivo confiable, con identidad clara y riesgo acotado.
Su potencial no reside solo en la logística, sino en la integración de minería crítica, energía renovable y acuerdos territoriales que permiten aspirar a estándares de baja huella hídrica y de carbono.
La transición desde la exportación de granos hacia una bioeconomía integrada —proteínas, bioproductos, energía— posiciona a la región como plataforma confiable para mercados exigentes.
El riesgo de pensar en sectores y no en sistemas
La principal amenaza para este potencial es la miopía estratégica. Las decisiones orientadas a rentas sectoriales de corto plazo debilitan el ecosistema completo. En esta nueva lógica, un conflicto social o una crisis ambiental localizada puede elevar el costo de capital de toda la región.
El éxito individual ya no es posible sin fortalecer el sistema del que se depende.
Conclusión: el nuevo poder económico es territorial
El acuerdo UE–Mercosur no es simplemente un tratado comercial. Es un filtro. Expone con crudeza qué regiones están en condiciones de ofrecer previsibilidad, escala y coherencia productiva en un mundo atravesado por riesgos crecientes.
En este nuevo escenario, el poder económico deja de concentrarse en sectores aislados o ventajas coyunturales y se traslada a los territorios capaces de organizar sus recursos naturales, su infraestructura y su gobernanza como un sistema integrado. Allí se reducen costos, se acelera inversión y se consolidan relaciones comerciales de largo plazo.
El tratado no crea ganadores por decreto ni protege rezagos estructurales. Amplifica diferencias. Las regiones que diseñen hoy su arquitectura productiva serán las que concentren comercio, capital y relevancia global durante las próximas décadas. Las demás quedarán atrapadas en una competencia de bajo margen y alto riesgo.
El mensaje es claro: en el siglo XXI, la unidad real de competencia no es el país ni la empresa. Es la región que sabe ordenarse para competir.